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Un producto o material es biodegradable cuando puede descomponerse
en elementos químicos naturales por la acción de agentes biológicos,
como el sol, el agua, las bacterias, las plantas o los animales. Todas
las sustancias se degradan en algún momento, pero no a una misma
velocidad.
La facultad de algunos materiales de reintegrarse a la tierra
en un período relativamente corto por acción de la naturaleza,
es lo que se llama biodegrabilidad.
Es un proceso natural en el que los microorganismos
utilizan algunas de estas sustancias químicas para producir energía
y crear otras sustancias como aminoácidos, nuevos tejidos e incluso
nuevos organismos. Puede darse de manera aeróbica (con oxígeno)
digamos al aire libre; o de manera anaeróbica (sin oxígeno) por
ejemplo si se encuentra enterrado.
Con frecuencia se suele decir que un material no es biodegradable cuando
los organismos no pueden procesarlo y descomponerlo, o les toma
demasiado tiempo hacerlo, como ocurre por ejemplo con la mayoría
de los plásticos o el aluminio.
Un producto o material es compostable si se
degrada biológicamente a la misma velocidad que el resto de materia
orgánica, sin dejar residuos tóxicos visibles o distinguibles.
Mediante este proceso se genera el “compost”, abono orgánico
que mejora el suelo, provee nutrientes
a las plantas y les otorga mayor resistencia ante plagas y enfermedades.
El proceso de compostabilidad es la transformación de los materiales
en abono
orgánico o compost.
A diferencia de la biodegrabilidad, la compostabilidad constituye
un parámetro humano. El que un plástico lleve
el sello “OK compost” supone que debe desintegrarse en un determinado
plazo en las condiciones de una planta de compostaje (a
temperaturas de 55 a 60 grados). Pero el resultado será diferente
si ese mismo material se intenta compostar en el jardín de casa
(para lo que existe el sello “OK compost Home”) o si acaba abandonado
en la naturaleza.
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